Los conventillos de hoy
Les compartimos la nota que publicamos en facebook en relación al accidente ocurrido en un conventillo del barrio.
Esta mañana los noticieros decían: “Dos pequeños niños murieron cuando se incendió la casa donde vivían en el barrio porteño de La Boca”…estos dos niños y su hermanito de 12 años merendaban en la Fundación. Su madre, es voluntaria y ayuda a atender a los más de 150 niños que meriendan allí diariamente. Todos vivían en el conventillo que se incendió, luchando por progresar en medio de la miseria.
La idea romantica de los conventillos arraigada en nuestra cultura , el lugar al que llegaron nuestros abuelos de tan lejos con la promesa de una vida mejor, no puede ser la excusa para mantener condiciones de vida de principios del siglo pasado en nuestra argentina del bicentenario. En los conventillos de hoy, ya nadie espera que las promesas se cumplan, entre otras cosas, porque casi nadie les hace promesas. Simplemente viven, como pueden, sobreviven, sin la esperanza de progreso que sostenía a nuestros abuelos cuando llegaron de Europa. Quienes habitan hoy los conventillos, nacieron pobres, y muy probablemente, seguirán siendo pobres si todos seguimos indiferentes a la miseria.
¿Qué son estos conventillos de hoy? Casas grandes, tomadas o alquiladas, donde vive una familia por habitación, que con muchísima suerte, comparten baño y cocina con las otras familias. Pintura vieja, hacinamiento, mezcla de olores de baño y cocina en cada habitación, pisos de maderas rotas, humedad, paredes descascaradas, pobreza, mucha pobreza., tanta que te destroza el alma. La miseria es tanta que la imagen se pega en la retina, en la nariz y en el cuerpo de manera devastadora. Claro, porque la pobreza es violenta. La pobreza de los conventillos de La Boca, Barracas, Constitución, San Telmo, es violenta. Pero es una violencia que no se hace pública, se mantiene puertas adentro, en lo privado; sólo se conoce cuando alguna de estas cosas sucede: dos niños pequeños murieron al incendiarse la vivienda tomada donde vivían. Sólo cuando aparece la tragedia esta miseria humana se vuelve noticia, sale a la luz, pero la imagen resulta tan indigna, tan abrumadora , que nos cuesta entender, poner los ojos en lo sucedido, no dar vuelta la mirada.
Entonces nos preguntamos: ¿por qué hay ciudadanos que no tienen derecho a una vivienda digna? ¿Por qué dos niños pequeños tienen que morir para que sepamos que aún hoy hay conventillos y que la miseria allí es más aplastante que en cualquier otro lado? Las familias cocinan y se calefaccionan con braseros, hacen sus necesidades en bolsas de nylon, duermen en colchones que otros descartan, compartidos entre dos y tres, no tienen dónde lavar sus platos, que se apilan hasta el día siguiente en un rincón, y todo esto, sucede dentro de la misma habitación. Y por la mañana, se lavan con el agua fría de la canilla de la vereda y buscan la canasta de jazmines para salir a vender durante el día. Eso no es ciudadanía, eso no es equidad, eso no es dignidad ni desarrollo. Eso es una miseria aplastante, violenta y generadora de violencia, es sufrimiento permanente, oscuro e injusto, donde la esperanza se fue con los inmigrantes que poblaron los conventillos por vez primera. Entonces, ¿qué se puede hacer? ¿Quién tiene que hacer algo? ¿Qué podemos hacer nosotros? ¿Con qué podemos ayudar? Algo se tiene que mover. Algo tiene que cambiar para que muera la tragedia, y no dos niños pequeños.












